Blindar el aborto y otros arrebatos

El Gobierno presume y alardea de las cifras macroeconómicas de España, pero cada vez hay más pobreza y desigualdad y los salarios y pensiones se estrellan de continuo con la cesta de la compra, el coste de la energía y el sostenimiento de las cuatro paredes que resguardan la vida privada. La pobreza infantil es alarmante (de las más altas de Europa) y en todo el país el acceso a la vivienda sigue siendo lo que siempre fue: un problema fundamental, monstruosamente acrecentado hoy por el desmadre del alquiler turístico y la masiva adquisición de pisos por los grandes fondos de inversión extranjeros. El patetismo de los desahucios que se ejecutan en el telediario nos revuelve las tripas. Igual que la masacre y destrucción de Gaza y Ucrania, o las pateras zozobradas que nos sirven las imágenes televisivas a la misma hora. Los desastres climáticos que muestran el brutal arrastre por las riadas de vehículos, casas, animales y personas nos conmueven a casi todos, excepto a los políticos más irresponsables e ineptos. Como no tenemos el infinito (e incomprensible) aguante de Dios Padre ante las tragedias de la condición humana, sentimos el impulso de apagar la tele o cambiar de canal, pero debemos contener ese impulso porque ser testigos, prestar atención, es, muchas veces, nuestra única forma de solidaridad. En democracia existe la obligación de «saber».