Un año más

La Cuaresma llega sin hacer ruido, como llegan las estaciones verdaderas, y se instala en el alma con la discreción de lo necesario. Uno escucha en el evangelio que Él se despojó de su grandeza, y la frase no suena a metáfora, sino a hecho concreto: dejó el brillo para sentarse en el banco de madera donde nos sentamos todos. No vino a imponerse, vino a acompañar; no a exhibir poder, sino a compartir fragilidad.