El odio

Odiar se ha vuelto costumbre. Como la aversión compartida une más que el amor, los adversarios en cualquier ámbito de la conversación pública se odian entre sí colectivamente, a calzón quitado, y ese rencor se extiende por las redes sociales que son las cloacas de la inquina. Pero existe otra clase de odio que no conviene banalizar; es el que le profesaba José Bretón a su esposa Ruth Ortiz, y el motivo por el que supuestamente este sujeto despreciable decidió asesinar e incinerar a sus hijos. Quería hacerle daño a su mujer y no encontró manera mejor que cargarse a dos pequeños inocentes.