Qué entrañable es la ingenuidad de Bruselas. En nuestro empeño por liderar la santidad climática global, decidimos desmantelar las centrales térmicas a golpe de BOE continental, sin reparar en un incómodo detalle: no hay plan B. Los datos de Eurostat de 2026 son demoledores: la producción química y automovilística languidece por debajo de los niveles de 2019, mientras pagamos el CO₂ a unos prohibitivos 80 euros la tonelada y el gas repunta tras el enésimo zambombazo en el estrecho de Ormuz. Destruimos nuestra capacidad fósil antes de que las alternativas sean viables, fiándolo todo a entelequias de película cara de ciencia ficción, como el hidrógeno verde, y a unas renovables con redes saturadas.
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