Paz como estrategia

Debido a su reiterada impostura, Pedro Sánchez se ha instalado en una paradoja política de difícil resolución. Incluso cuando acierta, muchos no le creen. Y los pocos que creen lo hacen porque se trata de elegir entre Sánchez o su némesis, como últimamente está tan de moda traer a colación. El caso es que su postura reciente en torno al «no a la guerra» intenta conectar con una sensibilidad social profundamente arraigada en España, pero llega lastrada por una desconfianza acumulada que desdibuja cualquier mensaje, por matizado o coherente que sea. El problema no es tanto lo que dice sino cómo suena. En política, la credibilidad no se construye en el instante, sino que se arrastra. Y Sánchez, a ojos de una parte significativa del electorado, ha convertido la ambigüedad en sospecha. Así, su rechazo a determinados conflictos o su apelación a la diplomacia internacional conviven en el imaginario colectivo con decisiones pasadas, no tan distantes, que muchos interpretan como contradictorias. El resultado es un ruido constante que impide distinguir convicción de cálculo.