Memoria del Antiguo

Tengo una teoría sobre el Oviedo Antiguo y es que, en el fondo, los carbayones siempre han vivido dándole la espalda. Le tienen mucho cariño, claro, pero de una manera un tanto condescendiente. Como si se tratara de un primo pobre, de un pasado vergonzoso. Como si fuese un lastre para alcanzar esa altura cosmopolita de la que a Oviedo le gusta presumir. Lo sienten como propio, pero no tanto como para vivir ahí, ni para las cosas importantes de la vida moderna. Está bien para salir, para pasear, para enseñar. Pero no es lugar para grandes empresas, ni comercios sofisticados, ni despachos profesionales ilustres. Sí ha sido, sin embargo, refugio para el ocio, de la misma manera que ahora se está convirtiendo en un parque temático para turistas poco exigentes. Precisamente porque está al margen de esa otra vida real. Los vecinos del barrio, por su parte, siempre lo han entendido más como pueblo que como germen de la ciudad, también viven al margen del otro Oviedo. De manera que es una forma de interpretarlo bipolar, una batalla entre lo real y lo ficticio. Para aquel que ha exprimido sus posibilidades nocturnas hasta la madrugada, al recorrerlo a la luz del día le parece irreconocible, y viceversa.