En Macondo llovió cuatro años, once meses y dos días. En Oviedo, en el entorno selvático del viejo HUCA, lo que llueve son promesas incumplidas, hasta desatar un aguacero incalculable. Se cumple más tiempo de proyecto empantanado que el que anegó el pueblo ficticio de García Márquez. Uno se asoma al viejo hospital cuando cae la tarde y solo atisba espectros en la penumbra del edificio desvencijado, tal que el Comala inaudito de Pedro Páramo.
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