Gil Parrondo (Luarca, 1921) quiso que sus restos mortales reposaran en su pueblo natal. Sus cenizas están depositadas en el panteón de ilustres del cementerio de Luarca, mirando al mar de su infancia. «Nació en Luarca, creció en Cortina y Llendelabarca, y esto era para él el paraíso», contaba ayer su hija Ima Parrondo. A ese paraíso, que nunca dio por perdido, por muy lejos que le llevara la vida y su excepcional carrera en el cine, ha vuelto también su legado, objetos personales y otros que dan testimonio de su forma de trabajar, sus libretas, sus acuarelas. Cuentan, todos ellos, su historia, que es la historia del mejor cine.

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