Somos animalillos de costumbres. Y una de ellas puede ser desagradable si no podemos controlarla. Incluso dañina. Damnificados posibles: nosotros mismos o los demás. El primer caso es difícil de detectar porque no es sencillo darse cuenta de primeras de que estamos metiendo la pata. Por acción u omisión. El segundo caso quizá sea más fácil de diagnosticar cuando la otra persona refleja en su lenguaje corporal que algo no va bien en la comunicación. Que algo chirría porque se ha dicho alguna impertinencia o se han confundido los términos de la ironía. Es muy peligroso ser irónico cuando al otro lado no se percibe como tal un comentario aparentemente inofensivo pero que traspasa las líneas rojas por causas que no son compartidas y, por lo tanto, se cuelan donde no deben provocando situaciones en las que pueden fermentar daños imprevistos de consecuencias imprevisibles. Suele ocurrir cuando la persona con la que interactuamos no nos conoce lo suficiente para entender ciertos códigos de lenguaje. Y luego está el blablablá voluntariamente agresivo que consiste, básicamente, en decir lo que se nos pasa por la cabeza –ahí el subconsciente puede jugar muy malas pasadas si se va de la lengua– sin medir los riesgos de hacerlo con alguien que lo va a entender como una falta de respeto o como una provocación en toda regla. No siempre se pueden detectar las señales de peligro pero, si se llega a un punto de no retorno, lo mejor y más sano es cerrar el pico y pedir disculpas por las palabras que hayan causado cierto estropicio en la relación con personas por las que sentimos cierto aprecio y/o respeto. Y, luego está el blablablá sin límites de quienes ganan pasta con su uso indiscriminado. Me refiero a los tertulianos profesionales que se ponen tras un púlpito cada vez que hablan y, alérgicos a escuchar los argumentos de los demás, se dedican a soltar consignas y soflamas a todo volumen, interrumpiendo de forma sistemática y corrompiendo las vías de comunicación para tratar de ocultar que su pensamiento apesta.
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