La culpa del privilegio

Unos días atrás, en el tren que me llevaba a Oviedo, ciudad a la que me dirigía para participar en la reunión del jurado del Premio Princesa de Asturias de las Letras, se sentó frente a mí una joven muchacha. De tez oscura, nariz prominente, no llegaría a los 20 años, con ropa de entretiempo más veraniega que primaveral, cazadora, vestido, sandalias abiertas que mostraban sus pies, muy bonitos. La acompañó hasta su asiento un trabajador de la compañía, no estoy segura de que fuera uno de esos asistentes que, previo pago, contratas al adquirir el billete.