El festival de Eurovisión es la mayor revolución acaecida en España desde Podemos. El país con centro, hipocentro y epicentro en Madrid vuelve a ser una unidad de destino en la universal, en pie de armas ante la redundante conjura judeomasónica de Israel, muerte sea dada a Soros. Ahí están los infinitos tertulianos y expertos, que vierten lágrimas de cocodrilo desde sus trincheras con aire acondicionado. «¿Cómo puede ocurrir que un español cruel pague un euro para emitir un voto a favor de los asesinatos de Netanyahu?», braman soliviantados sin necesidad de desplazarse al frente, por qué la teleguerra habría de ser más absurda que el teletrabajo o su variante de telebasura. A propósito, la valiente RTVE encabeza la resistencia al aplastamiento gazatí desde su imprescindible «La familia de la tele», una incubadora de valores socialistas donde el genocidio se confunde con una aberración sexual.
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