Aparcar un mes de invierno en las inmediaciones de la iglesia de Santo Tomás de Cantorbery o cerca del parque del Carbayedo, por citar solo dos ejemplos céntricos, suele ser complicado. Ahora, en verano, resulta casi imposible. Al aumento de zonas peatonales se suman que restan plazas de aparcamiento y numerosos conductores, muchos turistas, que buscan huecos libres. Todo esto se traduce en un aumento del número de usuarios de los aparcamientos subterráneos de la ciudad tanto públicos como privados.

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