Decía Séneca que «para el que no sabe a dónde va, ningún viento es favorable». Y en educación llevamos años navegando así, entre brújulas pedagógicas de plástico y expertos de tertulia convencidos de que la autoridad del docente se recupera pegando carteles de «silencio, por favor» como si un aula fuese la sala de espera de urgencias.
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