Dignidad II

Esos pantalones ya no podían dar más de sí. Samuel, el hijo de Carlos, había estirado al máximo el chándal. Los tobillos asomaban ya sin pudor y el elástico de la cintura apenas era capaz de abrazarle. Los niños crecen; los sueldos no siempre. Carlos llevaba dos semanas recorriendo los roperos de la ciudad en busca de un recambio para su peque.