La sentencia ha sido recibida en Corea del Sur como el fin de una lacerante impunidad. Diez años de cárcel le han caído a un joven por producir durante tres años unas 2.000 imágenes pornográficas falsas de sus compañeras en una de las universidades más prestigiosas del país. El mensaje es nítido: esas composiciones que superponen el rostro de una chica a un cuerpo desnudo en actitud sexual no son travesuras sino delitos degradantes que dejan secuelas vitales.

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