Me gusta acudir al origen de las palabras, la «razón de su existencia, de su significación y de su forma», según la definición del Diccionario de la Real Academia Española (RAE). Lo hago con frecuencia, lo mismo que busco sinónimos para no repetir términos o evitar el uso de los que me resultan antipáticos o malsonantes, pues el lenguaje contiene toda la belleza y todo el terror en los que se resume la vida, como dicen los versos de Mary Oliver.
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