El laberinto de árboles y matorral por el que el lobo ibérico corre por los montes asturianos para evitar las balas de los agentes del Medio Natural (y ahora también de los cazadores) que tratan de dar cumplimiento al plan de control de su población (deben matarse 53 ejemplares de aquí a marzo de 2026) es de lo más simple si se compara con el jurídico en el que está inmersa la gestión de una especie amada y odiada a partes iguales por conservacionistas y ganaderos. Bestia negra del sector primario por los crecientes daños al ganado en los últimos años, lo que ha llevado al límite a los ganaderos, el lobo se ha convertido también en un caballo de batalla perfecto a nivel político y social.

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