Hay que hacer el muro de Huy alguna vez en la vida, aunque sea caminando, para percatarse de la dureza que esconde en el final de la Flecha Valona. Allí se peregrina y se reza en las pequeñas camillitas que hay por el camino. Subirlo en bici es una salvajada, una proeza que va acompañada de sufrimiento dando la sensación de que las ruedas no avanzan y que en cualquier momento se puede ir al suelo si se pierde el equilibrio. Apenas son 1.100 metros, como una rampa y una curva, la que a partir de ahora se merece que le denominen con el nombre de Tadej Pogacar, que conduce hacia el cielo, el que este miércoles volvió a tocar el fenómeno esloveno que se reencontró con la victoria de forma soberbia.

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