El más elocuente fue Giancarlo Romano, un viejo capo siciliano del barrio de Brancaccio, en Palermo. Sin saber que la policía estaba interceptando su teléfono y escuchaba sus conversaciones, afirmó a bocajarro estar harto de las nuevas generaciones de mafiosos. Hoy día, dijo, «el nivel es bajo, detienen a uno y se arrepiente [se convierte en confidente de la policía], luego detienen a otro… [es un] nivel miserable; ¿pero, de qué estamos hablando?».

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