A Gijón a veces le da por amanecer guapo. Por detrás del Cabo San Lorenzo se empieza a adivinar el sol, que en el caso de ayer domingo ya era de primavera. Al mediodía, en Begoña, los más pequeños jugaban en sus espacios de suelo acolchado y en los bancos se mezclaban padres y madres atentos con trasnochadores que alargaron la madrugada. En la pista de fútbol se jugaban dos partidos y todo era calma y murmullo de conversaciones. De espaldas a la calle Covadonga una mujer compartía periódico con un hombre mayor sentado en una silla de ruedas, que imagino que sería su padre. Parecían ajenos a todo lo que sucedía alrededor y de vez en cuando comentaban algo que les llamaba la atención de lo que leían en LA NUEVA ESPAÑA. Ella, de vez en cuando, le ponía la mano en la rodilla y había tanto amor en el pequeño gesto que era imposible no contemplarlo con admiración.
Publicado enOtros Última Hora