Píldoras de Josep Pla, santo y padre laico del estilo

Cuando me canso de tanto oír hablar mal, de ver los vanos esfuerzos del público por trasladar el pensamiento más simple a un castellano al menos inteligible, voy corriendo a mi biblioteca y recurro… a un escritor catalán, Cervantes aparte. Hablo, una vez más, del ampurdanés Josep Pla, nacido en un marzo como el que ahora corre (1897), muerto el Día del Libro de 1981. En su masía de Llufríu –media hora a pie desde Palafrugell– tuve el gusto de departir con él (tras varios intentos fallidos) una tarde del agosto de 1977, mes en que en Oviedo robaban y destrozaban la Cámara Santa (catástrofe que interesó vivamente al viejo maestro), mes del año en que casi me traga la mar nadando en Pals, frente a las gigantescas torres de Radio Liberty. Fue una visita que me llenó de dudas sobre si Pla –trasegaba alcoholes sin ofrecer una gota al visitante– me tomaba el pelo (no en vano fue espía) con sus ideas políticas tan derechosas. Gentil y brusco, liaba pitillos –sin ofrecer tampoco–, frenaba en seco su aire zumbo, repetía varias veces una sentencia, la matizaba rogando la aquiescencia de un servidor…