Cualquier tipo de abuso y a cualquier edad resquebraja la vida, a veces de manera trágica. Cuanto más joven, peor, porque somos más vulnerables y aun conocemos poco o nada de los peligros que nos rodean, y de esos agujeros inmundos de la humanidad donde se desguazan inocencias y esperanzas. Hace unos días estaba escribiendo sobre el caso de Fitoria y cómo la conciencia de una vecina y la existencia de un sistema de protección social lograron rescatar a los dos hermanos que sus padres mantuvieron encerrados durante años en condiciones insalubres y sin escolarizar. Qué triste sorpresa cuando, casi sin haber terminado ese artículo, me encuentro con el caso del abuelo que abusaba de su nieta en Gijón.
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