Don David Cueto no puede caminar por Covadonga sin detenerse a cada instante a saludar a cientos de peregrinos. Su sonrisa cautiva, al proceder del fondo del alma. El gran abad te comenta en broma que cuando se resuelva el atasco de vehículos en los accesos se producirá otro de turistas en el propio recinto. Aunque por su cabeza ronden iniciativas de futuro y asuntos actuales de gestión, Cueto sabe encontrar momentos de recogimiento en el santo lugar. Dedica el tiempo que haga falta a postrarse ante la Santina cuando te acompaña a la Cueva, como hizo Wojtyla. Su serenidad contrasta con el trasiego permanente que se percibe en el santuario: parece un monje paseando en hora punta por Times Square. Los millones de viajeros que llegan al Real Sitio, por más que sientan aridez espiritual, seguro que se marchan con algo impreso en su corazón, porque no es fácil encontrar un escenario en el mundo tan impactante, en el que naturaleza y religiosidad se den la mano con esa intensidad.
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