Llamo de tu distribuidora, «puta gilipollas»

Llamo de tu distribuidora, «puta gilipollas»

Qué horror. Primera vez en décadas de oficio que pongo dos tacos gruesos en un artículo. Y encima en el titular. Lo mismo no pasa el filtro, sería lo más normal del mundo, a ver si me he creído que soy Pérez-Reverte. Ya quisiera. Así no se me habrían acabado los epítetos malsonantes antes de colgarle el teléfono a ese tío. Un tío español, cabe aclararlo para que no haya dudas. Me interrumpió con su llamada la jornada laboral. «Hola, te llamo de tu distribuidora energética». Y me recitó mi nombre completo, mi dirección y los números uno a uno de mi documento nacional de identidad. «Te acogiste a una tarifa con descuento que te caduca ya y para renovarla…» «No», le interrumpí. «¿Me oye usted?, no y no». «Vete a la mierda, puta gilipollas», me increpó. Y ahí empezó un intercambio de insultos del que no me siento especialmente orgullosa y que consiguió asustar a todos mis compañeros de la redacción, que no sabían si estaba hablando con Benjamin Netanyahu o había sufrido un brote. Dijo lo más grande de mi madre y de todos mis muertos. Y yo lo mismo. Como buen producto de la educación de las monjitas, me eché la culpa. Por entrar al trapo de un ser humano horriblemente grosero, un fullero profesional con un trabajo miserable, y ponerme a su altura. Por no cortar la llamada en cuanto oí esa voz de teletienda. Por coger un número desconocido. Qué pava, pues no fui y le solté que hay una ley que prohíbe que te contacten de ese modo. Me envió al mismo sitio maloliente donde reposan esa norma y todas las que protegen a los consumidores de este país.