Muchas veces se ha dicho en los últimos doce años, y más se repetirá estos días, que Francisco ha querido llevar el mensaje cristiano a las «periferias» del mundo, entendidas como las realidades más golpeadas por la miseria material. Y es innegable que el argentino, muy influenciado por el adverso contexto socioeconómico de su país de origen, ha insistido en el imperativo evangélico de ayudar al pobre, al emigrante, al sintecho, al exiliado por la guerra o el hambre. Del mismo modo, también ha cargado contra un sistema económico que considere la riqueza como un fin en sí mismo y –algo que resuena especialmente en plena carrera armamentística de Europa– contra «las guerras que se hacen para adorar al dios dinero».
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