A uno le da por pensar a veces que la vida debe ser algo parecido a una fiesta. Porque las fiestas siempre terminan. Hasta entonces, el deporte, el fútbol, conmueve, emociona, exalta y obliga a continuos vaivenes emocionales que no siempre resultan sencillos de gestionar. Este Barça tiene una sonrisa metálica. La de Lamine Yamal. Son esos alambres, finos y adolescentes, los que iluminan a un club cíclicamente atormentado, incluso maldito, pero que encuentra escapatorias cuanto más se arrima al fútbol. Cuanto más se arrima al resplandor que emana al prodigio.

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