Plantó los dos pies casi sobre la línea de cal que marca el límite del campo hacia la grada. Alexia Putellas, sin camiseta, miraba a sus fieles seguidores con sorpresa. Con orgullo. Levantó la mano derecha al cielo e hizo una reverencia a todos ellos. A cada uno de los culés. A los que creyeron en ella cuando a ella misma la costaba. Las últimas dos temporadas habían sido duras, especialmente la que terminó en un San Mamés que ella enloqueció. La imagen que recorrió el mundo entero significaba mucho más que una celebración. Era un agradecimiento, tanto a los demás como a ella misma. Ahora, un año más tarde en Lisboa, es el Barça el que se postra ante ella y la enaltece como su Reina.

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