Por el jardín se pasea una tortolilla despeluchada con las plumas alborotadas y un aire desvalido y terminal. Se acerca una y la tórtola ni se mueve, así que mantenemos al perro alejado, aunque no mucho, porque, si la ve el gato, no tendrá piedad. La tórtola es objetivamente fea, da pequeños vuelos a lo que alguna vez fue su nido y conmueve a la vez que provoca su poquito de repulsión. También mieditis aunque nada similar a esos pájaros de Linares que se lanzan como torpedos, no petardos, sobre los viandantes, como en el ataque a Tippi Hedren en la mítica «Los pájaros».
Publicado enOtros Última Hora