Illa y Sánchez

Pedro Sánchez ha encontrado en Salvador Illa su mejor aliado. No es un romance ideológico, pero sí una tabla de salvación a la que agarrarse. Su segundo mejor socio pueda que sea Vox, el partido que favorece la polarización política que tanto beneficia a la estrategia del Gobierno. La entente de Sánchez e Illa es una sociedad mercantil en la que este promete «financiación singular» —un concierto económico en versión catalana— y Sánchez garantiza que ERC no se descuelgue del bloque que le mantiene en el poder. No importa que la medida erosione el principio de igualdad entre comunidades; lo que interesa es que contenta a quienes tienen la llave de los votos. Este maridaje convierte la política nacional en una aborrecible operación de mantenimiento. El PSC se esfuerza en parecer moderado, nada más distante de las intenciones, mientras el independentismo, lejos de retirarse, readecúa su estrategia para cobrar por plazos: un tramo en Barcelona, otro en Madrid. Junts vocifera en el Parlament, pero en el Congreso mide el tono; los republicanos catalanes de izquierdas negocian la cesión de impuestos mientras conservan la narrativa victimista. Esta narrativa es fundamental en todo este proceso: el tiempo que nos lleve darnos cuenta del peligro que supone equivale al tiempo en que permaneceremos en un estado narcoléptico.