En defensa del error

Soy implacable. Eso me dicen en casa. También fuera, aunque la definición se amplía un poco, o quizás se ajusta más, al considerarme, quienes mejor me conocen, demasiado inflexible. Si me atengo, como suelo hacer, a la rigidez de las palabras, ser implacable me convierte en alguien «que no se puede aplacar», es decir, «amansar, suavizar, mitigar», según la definición en el Diccionario de la RAE.