El voto del hartazgo

Europa no se ha llenado de odio. Se ha vaciado de respuestas. En casi todo el continente, algo se ha quebrado entre el ciudadano y el poder político. No se trata de una lucha ideológica ni de una disputa económica. Es una ruptura más profunda: la del contrato implícito entre el ciudadano y el Estado, entre quienes confían su bienestar a las instituciones y quienes deberían garantizarlo. Mientras los discursos oficiales invocan solidaridad, acogida y diversidad, millones de europeos miran a su alrededor y no reconocen ya el paisaje de su propia vida cotidiana.