En el puerto de Montevideo, en una mañana sofocante de 38 grados, con la mar «verde y cristalina y una brisa que, aunque cálida, neutralizaba un poco el agobio del calor», María Teresa Villarmarzo besó la bandera de España que sostenía la Princesa de Asturias y en un instante se le desató dentro una tempestad de recuerdos y emociones, «variados y contradictorios». A bordo del buque escuela Juan Sebastián de Elcano, durante la escala uruguaya del crucero de instrucción de la heredera, la oportunidad de participar en la jura de bandera revolvió la memoria de una emigrante de Villabolle (Grandas de Salime) que dejó Asturias siendo un bebé de ocho meses y a la que el viernes se le desordenaron en unos segundos los miles de fotogramas de una vida marcada por la expatriación.

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