El 28 de julio, elecciones en Venezuela, en una homilía bien argumentada y de hondo contenido pastoral, en la iglesia de Colunga, el sacerdote celebrante pedía que las elecciones en Venezuela se desarrollaran con normalidad y que el pueblo pudiera ejercer su derecho a voto con tranquilidad. Desde entonces el partido gobernante que se proclamó ganador apenas cerraron los colegios electorales, no sólo no ha presentado las actas electorales que avalen su triunfo, a pesar de exigírselo toda la comunidad internacional, sino que ayer, con fuertes medidas de seguridad y a hora muy temprana, su presidente, Nicolás Maduro, se juramentó nuevamente presidente, sin el menor respeto y consideración a la Ley y al voto de sus ciudadanos, y no sin antes vivir episodios heroicos y casi trágicos como el protagonizado por María Corina Machado y sus seguidores, que el mismo día 9 fue secuestrada y sorpresivamente liberada, y todo ello sin que Edmundo González, el legítimo ganador de las elecciones, pudiera entrar en Venezuela y acceder al Palacio de Miraflores. Me da la impresión que ahora que algunos se han propuesto resucitar a Franco, con sus peticiones y rogativas casi diarias, la situación de Venezuela ya no tiene marcha atrás y que su virtual presidente ya debe buscar asilo o refugio, pues suele acontecer en la Historia que cuando el pueblo asume y hace suyo su protagonismo no hay máquina represora que le detenga, y ejemplos tenemos muchos y algunos recientes.
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