El Goya de Honor convirtió la noche del sábado al asturiano Gonzalo Suárez en un fabulador de lo imposible. Narró, a modo de relato breve, la historia de un vagabundo que caminaba bajo la lluvia y fue acogido por un automovilista anónimo. En un instante, Dios lo convirtió en princesa, pero al amanecer regresó a ser quien era, a la intemperie. En ese parpadeo entre lo imposible y lo real, Suárez nos susurró: “Dios nos premia con los sueños y nos castiga con la realidad”. Y esa frase quedó suspendida entre la ternura y la melancolía, entre la fragilidad y la belleza de lo efímero. Dibujó con certeras palabras el hálito de un mundo donde lo milagroso es un instante que se desvanece al alba.
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