Mendigar la oficialidad del catalán en Europa forma parte del ridículo a que nos somete este Gobierno una y otra vez. Sin éxito y ante la indiferencia absoluta de algunos de los países socios que se resisten y ven en ello un disparate financiero y jurídico antes que una verdadera necesidad. El caso es que siendo un asunto prioritario para los independentistas, Pedro Sánchez no ha dudado en hacer de él objetivo preferente del Gobierno. No hace falta explicar por qué. Todo esa energía diplomática volcada por el Presidente y el ministro de Asuntos Exteriores para convencer a sus homólogos de la importancia del catalán como lengua oficial en Bruselas rezuma patetismo y un desprecio sideral hacia los asuntos verdaderamente importantes para el conjunto de los españoles. Sobremanera cuando el Gobierno se ha comprometido a correr con un gasto que supondrá más de 130 millones de euros de los contribuyentes para satisfacer los caprichos del nacionalismo voraz que mantiene a Sánchez en la Moncloa a un alto precio que también incl uye la humillación.
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