El gol es lo máximo del fútbol, y lo que lo sigue, la celebración, una explosión intensa y espontánea en la que se permiten ciertas licencias. Aunque lo de espontánea tiene matices. Bailes perfectamente ensayados, mensajes en el interior de la camiseta, dedicatorias… Algunas vez, incluso, se va más allá. Como cuando en 2011 un joven Antoine Griezmann, aún en la Real Sociedad, festejó un tanto ante el Dépor accediendo al coche publicitario en uno de los fondos e imitando la conducción. El reglamento vuelve a aparecer también con una acción que parece más alejada de lo común del propio juego para poner ciertos límites. Porque la acción de Griezmann, por ejemplo, pudo ser perfectamente sancionado con amarilla.

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