Claudia Cardinale, la joya que brilló con cineastas de muchos quilates

Claudia Cardinale, la joya que brilló con cineastas de muchos quilates

Jill McBain es una viuda de pasado turbulento. Él es «Armónica» un pistolero vengador de memoria turbia. Ella le pregunta desde la tristeza: «¿Volverás algún día?» Él ni se inmuta antes de cruzar la puerta. «Algún día», responde. Él es Charles Bronson, hierático como siempre. Ella es Claudia Cardinale, expresiva como nunca en unos primeros planos que Sergio Leone estrujaba hasta la última gota de emoción en «Hasta que llegó su hora» (1968). Fue una de sus grandes películas, excesiva en todo: la música de Morricone, el tiempo parsimonioso de Leone, las miradas de una actriz que trabajó con los más grandes y a la que cine no dio las oportunidades que merecía cuando pasaron y pesaron los años.