¡Qué bueno que conducir un Tesla empiece a dar vergüenza! Quizá sea un principio en el sentido de un comienzo, pero también en el sentido de una moral. A las empresas grandes, hasta ahora, les importaba poco su reputación porque no vivían de ella, de la reputación, sino de las ventas. A los bancos y a las grandes marcas en general les traía al pairo su buen nombre porque habíamos llegado a depender de ellas hasta el punto de que no había forma de darles la espalda. O eso creíamos. Eso creía seguramente Elon Musk: que su poder era tan grande como el de un dios pagano, un Zeus tronante, un héroe del capitalismo salvaje. Por mucho que nos azotara, en fin, seguiríamos atados a sus productos hasta el fin de los tiempos. Pero resulta que, de repente, comprarse un Tesla es de imbéciles. Muchos de los que lo compraron antes de que fuera de imbéciles han colocado en las ventanillas un cartel solicitando disculpas a sus contemporáneos. Están ustedes disculpados, pero permanezcan atentos a la pantalla. No se precipiten en su próxima adquisición. Lean bien la etiqueta.

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