Cada día te levantas bien temprano, aunque te mueras de sueño porque te quedaste hasta tarde limpiando la cocina tras la cena, te duchas, te vistes, preparas el desayuno y las mochilas de los niños, los despiertas y rezas para que no se eternicen y puedas llegar a tiempo al cole y al trabajo. En una de estas mañanas aceleradas a uno de tus hijos se le cae el vaso de leche encima, pelo incluido, y explotas y gritas. Te sorprendes a ti misma por tu reacción, pero tras ellas existe un cúmulo de estrés que se ha ido amontonando día tras día desde que eres madre. Porque sí, estás en el momento álgido de la crianza, una labor que requiere de todas tus fuerzas y, además, sigues llevando la casa, trabajando fuera como antes de ser madre e intentando cuidarte un poco porque una mujer descuidada produce mala imagen… Demasiadas exigencias y autoexigencias que muchas veces derivan en lo que se llama ‘burnout marental’.

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