Pocas bromas con la guerra

Tal vez la edad nos lleva a adoptar una actitud demasiado circunspecta. Nos volvemos más cascarrabias, más aguafiestas, más abuelos Cebolleta. Cuando en la mesa de nuestros padres, y no digamos de nuestros abuelos, salía a colación la palabra guerra, un silencio sepulcral llenaba la estancia. En el rostro de los más mayores reaparecía ese rictus de dolor que solo dejan las heridas sin cerrar. Los más jóvenes –como hoy– intentábamos quitar hierro al asunto con un mal chiste o un frívolo «no será para tanto». «Rite, rite…», nos soltaban con esos amenazantes puntos suspensivos. Como diciendo: «que no te toque a ti».