Se mire como se mire, la Corte Penal Internacional de La Haya es uno de los pocos islotes de un continente del derecho internacional a punto de hundirse. Y, se mire como se mire, ese derecho es una de las pocas esperanzas que nos quedan de que un día exista un orden mundial regido por leyes que se cumplan. El caso es que, contra todo pronóstico, el expresidente de Filipinas Rodrigo Duterte está hoy en prisión provisional en La Haya, a la espera de juicio por supuestos crímenes a gran escala cuando estuvo en el cargo para el que fue democráticamente elegido. Es crucial que figuras como la suya, ejemplo de «tiranía democrática», el nuevo modelo de dictadura que se extiende por el mundo, acaben teniendo su castigo. El que piense que esto no tiene mucho que ver con nuestras libertades se equivoca por completo. Si el derecho naufraga en el mundo, nadie se librará del tsunami. n
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